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    Leyendas para niños y niñas de 8 años - Tercero de primaria



    Leyenda de los 8 soles


    Hace mucho tiempo, la tierra estaba iluminada por ocho soles. La radiante luz deslumbraba a los hombres y el inmenso calor secaba la tierra.


    Un día los hombres decidieron que ocho soles eran demasiados para iluminar la tierra y que con uno sólo bastaría.


    – ¡Vamos a lanzar flechas a siete soles! ¡Les daremos miedo y ellos solos se apagarán! – pactaron los hombres


    Fueron a buscar a un buen arquero, el que mejor puntería tenía. Al disparar sus flechas, los soles se asustarían y se apagarían. Al disparar la primera flecha, un sol se apagó. Disparó una segunda y otro desapareció. Y así fue hasta llegar a la séptima flecha, que hizo que se apagara el séptimo sol pero también el octavo y último.


    Entonces la oscuridad reinó en la tierra, la tierra era sombría y fría y los hombres desgraciados. Necesitaban la luz del sol para vivir.


    – Tenemos que hacer volver al último sol – se lamentaban las mujeres


    – Tiene miedo de nosotros – respondían los hombres


    – En ese caso- contestaron las mujeres- Pediremos a los animales que nos ayuden a hacer volver al sol.


    Hicieron venir a una vaca, que mugió y mugió pero el sol no vino. Llamaron entonces a un tigre, que estuvo rugiendo mucho rato. Los hombres y las mujeres temblaban de miedo y seguramente el sol también tuvo miedo porque no apareció.


    Hicieron venir a un búho, que ululó toda la noche, pero el sol tampoco apareció. Sí que lo hizo, en cambio, una luna blanca que iluminó la tierra.



    Entonces los hombres y las mujeres llamaron al gallo. Se puso a cantar tan fuerte que su cresta se enrojeció. Pero siguió cantando y cantando con todas sus fuerzas.


    Entonces, tímidamente, una luz amarilla y cálida apareció sobre la tierra. Era un sol que despuntaba sobre la línea del horizonte. Poco a poco, mientras el gallo seguía cantando, el sol se iba alzando en el cielo e iluminaba las caras de todos aquellos que lo esperaban.


    Y desde ese momento cada mañana el gallo llama al sol para que ilumine la tierra.



    Leyenda de la hiena y la liebre


    La hiena era la mejor amiga de la liebre y siempre se veían, salían juntas, compartían cosas y demás.


    La liebre iba a pescar todos los días y traía consigo buenos pescados que lograba sacar del río, pero la hiena no siempre tenía algo pescado y por eso usaba su inteligencia para quitarle la comida a su amiga. Un día llegó la liebre con un pescado enorme, pero dudó en mostrárselo a la hiena, porque se dio cuenta de que la muy astuta terminaría comiéndoselo. Sin embargo, por su buen corazón, le mostró su pesca a la amiga y hasta le ofreció darle un poco luego de empezarlo.

    Lo primero que propuso la hiena era una estrategia que muchas veces le había funcionado; le dijo a la liebre que se lo diera ya que ella no podría comerlo, porque su estómago era muy pequeño y el pescado muy grande, y en caso de decidir quedárselo se iba a pudrir. La liebre notó la extraña jugada de su amiga y le dijo que lo ahumaría para que no se pudra y así lo comería de a poco sin ningún apuro, y luego se fue a ahumar el pescado.


    La liebre se hizo la dormida junto a la parrilla con brasas y poco después se acercó la hiena para robarle la comida rápidamente y sin levantar sospechas, pero la liebre se incorporó y con un rápido movimiento le tiró la parrilla encima. Las brasas quemaron partes de la piel de la hiena, y por eso es que hoy en día tiene manchas en su pelaje que antes era completamente marrón. 

    Luego de ese incidente nunca más se volvieron a ver las amigas, y desde entonces las hienas odian a las liebres.

    Bibliografía consultada en español

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