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    Leyendas para niños y niñas de 6 años - Primero de primaria



    Leyenda de Frida y el juguete


    Hace mucho tiempo, los gigantes vivían entre las montañas solitarias de Alsacia. En la cima de la montaña más alta, había un castillo llamado Burg Niedeck y era ahí donde el más poderoso de los gigantes vivía con su esposa y su hija llamada Frida.


    Frida, que era tan alta como el campanario de una iglesia recorría las montañas con toda libertad, pero sabía que nunca debía acercase al valle donde vivían las personas pequeñas.


    Estas personas eran campesinos que labraban la tierra y plantaban maíz, trigo y cebada. También podaban sus viñas y cavaban zanjas, cosas que los gigantes no podían hacer. Por esta razón, los gigantes tomaban parte de lo que las pequeñas personas cosechaban. Y lo hacían a escondidas, sin dejar rastro, pues según el hechizo, el día en que un campesino llegara hasta Burg Niedeck sería el fin de todos los gigantes. Sin embargo, Burg Niedeck era muy difícil de alcanzar y a ningún campesino se le había ocurrido llegar hasta allá.


    Un día, Frida jugaba en las afueras del castillo bajo el calor abrasador del sol. Pero el valle verde se veía tan fresco y sombreado, que la niña no pudo resistirse y decidió bajar por la ladera de la montaña hasta llegar al valle prohibido.


    Al cabo de un corto tiempo, se encontró con un campesino arando la tierra.


    Con un grito de alegría, Frida se arrodilló.


    —¡Qué juguete tan pequeño y encantador! —dijo—. Me lo llevaré a casa para jugar.


    Extendiendo su pañuelo en el suelo, levantó cuidadosamente al pobre campesino y lo puso en el centro. Luego, tomó el pañuelo por las cuatro esquinas y subió por la ladera de la montaña saltando y corriendo alegremente. Sus pisadas eran tan fuertes como la llegada de un terremoto.



    En la puerta del palacio encontró a su padre.


    —Hola, pequeña —dijo el gigante—. ¿Qué traes en ese pañuelo?


    —¡Mira! — respondió Frida—. He encontrado un juguete maravilloso.


    El gigante frunció el ceño, y sacudió la cabeza.


    —¿Qué has hecho? —dijo enojado—. Este no es un juguete. ¿Acaso no sabes que el día en que un campesino llegara hasta Burg Niedeck sería el fin de todos los gigantes? Llévalo al valle de inmediato, quizás no se rompa el hechizo.


    Frida tomó nuevamente al campesino y lo llevó al campo, pero era demasiado tarde. Esa misma noche todos los gigantes desaparecieron. En la mañana, Burg Niedeck quedó en ruinas. Y hasta el día de hoy, no se sabe de la existencia de los gigantes.



    Leyenda del Granjero Chino


    Erase una vez un granjero cuya mayor posesión en la vida era un caballo con el que labraba la tierra. Un día, el anciano olvidó cerrar las puertas del establo y el caballo escapó hacia la montaña. Los vecinos del granjero acudieron a consolarlo:

    —¡Qué mala suerte tienes! Has perdido tu caballo en pleno tiempo de cosecha—le dijeron—. Quedarás en la ruina.

    El granjero respondió:

    —¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!

    Una semana después, el caballo regresó de la montaña con una manada de caballos salvajes. Los vecinos felicitaron al granjero por su buena suerte. Pero su respuesta fue la misma:


    —¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!

    A los pocos días, cuando el hijo del granjero intentó domesticar a uno de los caballos salvajes, cayó de él y se rompió una pierna. Los vecinos del granjero acudieron a consolarlo:

    —¡Qué mala suerte tienes! —le dijeron—. Ahora sí que quedarás en la ruina sin tener quien te ayude a cosechar.

    La respuesta del granjero no cambió:

    —¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!

    Algunas semanas después, el ejército del emperador llegó a la aldea y reclutó a todos los jóvenes para la guerra. Sólo dejaron atrás al hijo del granjero; por tener la pierna rota no era apto para el servicio.

    Pronto llegaron los vecinos y entre lágrimas, dijeron:

    — Tu hijo es el único que no ha sido enviado a la guerra. Qué buena suerte tienes.

    Y tú, ¿qué crees que respondió el granjero?

    —¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!

    Bibliografía consultada en español

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