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    Cuentos para niños y niñas de 7 años - Segundo de primaria

    Cuento de "El leñador y los buñuelos"



    Hace muchos años, un leñador que regresaba del bosque encontró por casualidad una bolsa repleta de monedas que alguien había extraviado en medio del camino. Lógicamente se puso contentísimo y se fue corriendo a su casa para contárselo a su mujer.


    – ¡Mira, mira lo que acabo de encontrar tirado junto a la cuneta!


     

    – ¡Madre mía, pero si es una bolsa llenita de dinero contante y sonante! ¡Se acabaron nuestros problemas! ¡Somos ricos!


    – No, querida, no… Lo siento, pero esta bolsa no es nuestra y tenemos que buscar al dueño para devolvérsela. Esperaremos unos días a ver si alguien la reclama y si no encontramos al propietario, se la entregaremos a las autoridades.



     

    – ¡Pero qué dices! ¡Nos la quedamos nosotros que para eso la has encontrado tú!



     

    El matrimonio comenzó a discutir durante horas sobre si debían o no quedarse la bolsa de monedas pero ninguno quería bajarse de la burra y no consiguieron ponerse de acuerdo. Tanto se pelearon que al final el sueño les venció de puro agotamiento.


    Al amanecer la mujer se levantó sigilosamente y decidió llevar a cabo un plan para quedarse con el botín. Lo primero que hizo fue esconder la bolsa en un lugar secreto; después, se dirigió a la cocina y se puso preparar buñuelos. Cuando había cocinado más de cinco docenas, salió al jardín y los colgó como si fueran frutas en las ramas de una higuera.



     

    A media mañana el marido se despertó. Bostezando y todavía adormilado se asomó a la ventana para ver si hacía buen día. Se quedó alucinado cuando vio que de la higuera no colgaban higos sino buñuelos.



    – ¡Querida, mira la higuera! ¡Ha dado docenas de buñuelos! ¿No es extraño? Desde luego ¡qué cosas tan raras pasan por aquí!


    Su mujer no dijo nada y siguió con las faenas de la casa como si con ella no fuera la cosa.


    Pasaron los días y un amigo fue a visitarles. El leñador le sirvió una taza de té y le contó que una semana antes había encontrado una bolsa de monedas. El amigo, que no era un amigo leal del todo y sí bastante avaricioso, vio la oportunidad de hacerse con el dinero. Levantó las cejas y poniendo cara de sorpresa, exclamó:



     

    – ¡Anda, qué bien que hayas encontrado mi bolsa! ¡Sí, como lo oyes, es mía! La perdí el otro día cuando iba de camino al pueblo.


    La mujer del leñador se dio cuenta de que estaba diciendo una mentira grande como una catedral y decidió que ni de broma ese tipo iba a salirse con la suya.


    Disimulando muy bien, le dijo:


    – ¡No hagas caso a mi marido! ¡Él no encontró ninguna bolsa con dinero!


    El inocente leñador la miró atónito.


    – ¿Cómo qué no? ¡Pero si la traje yo mismo y contamos el dinero los dos juntos!


    – ¿Que yo conté qué?… ¡Yo no he visto una bolsa de monedas en mi vida! Querido, lo habrás soñado.



     


    – Te repito que yo encontré una bolsa de monedas ¡Acuérdate de que aquella noche discutimos un montón sobre qué hacer con ella, nos quedamos dormidos, y cuando me levanté la higuera había dado un montón de buñuelos!


    La cara del amigo era un poema. Miró al leñador y preocupado, le preguntó:


    – ¿Me estás diciendo que en tu higuera en vez de higos crecieron buñuelos?


    – ¡Sí, tienes que creerme! No queda ni uno porque estaban tan ricos que me los comí todos, pero te prometo que es verdad.


    La mujer había conseguido su propósito. Se acercó al amigo y susurrándole al oído le dijo:


    – Como ves, se ha vuelto un poco loco. Últimamente desvaría e inventa cosas como lo de la bolsa de dinero o que la higuera da buñuelos… ¡Creo que el pobre está perdiendo la cabeza!


    Al hombre le salió el tiro por la culata. Desconcertado, se fue de allí pensando que ciertamente el leñador lo había inventado todo y, por supuesto, sin la bolsa de dinero.


    La mujer le acompañó hasta la salida y le dijo adiós con la mano. Después, cerró la puerta con una sonrisa picarona.





    Cuento de "El árbol de los libros"




    Burtree era un árbol muy viejo. Tan viejo, que hasta recordaba los años en que se habían separado los continentes. En su juventud, había aprendido de los pájaros, de los peces, de los mamíferos, de las flores y de las plantas.


    También de las nubes, que le traían enseñanzas de lugares insólitos. Y del brillante sol. Y de la perezosa luna.



    Llevaba años asentado a los pies de una montaña, por donde el Gran Río giraba a la derecha. Había visto crecer primero al pueblo y, con el tiempo, cómo éste se convertía en una alegre ciudad. Así fue como conoció a las personas.


    Eran los seres más fascinantes que nunca había conocido.


    Fue tal la fascinación que sintió Burtree que quiso contarle muchas historias y cuentos al hombre. Y así fue cómo nuestro árbol amigo se convirtió en una biblioteca muy famosa. De todo el mundo acudía gente a visitarle.


    Primero cada persona le contaba su historia: quién era, de dónde venía, qué le gustaba? y luego Burtree le entregaba un libro único, pensado especialmente para él o para ella.



    Las hojas de Burtree estaban cargadas de miles de ideas y su sabía llena de letras. Era un sabio con mucha creatividad e ingenio. Los más pequeños le adoraban porque Burtree era el creador de las mejores historias de piratas y de dragones y princesas que había.


    También se le daba bien escribir sobre misterios y utilizar otros planetas como el escenario perfecto.


    Sin embargo, lo mejor de Burtree no eran sus cuentos y libros, sino que había enseñado a los hombres lo importante que era crear lectores, hacer que los niños aprendieran a conocer el mundo y a conocerse a sí mismos gracias a los libros y a los cuentos. Y es que, la lectura es una aventura, con diferentes caminos, donde se encuentran tesoros, que enriquecen nuestra vida.

    Bibliografía consultada en español

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