Cuentos para niños y niñas de 6 años - Primero de primaria


Cuento de "El hijo del elefante" de Ruydard Kipling


En tiempos remotos, hijo mío, el elefante notenía trompa. Sólo poseía una nariz oscura ycurvada, del tamaño de una bota, que podíamover de un lado a otro pero con la que no podía agarrar nada. Pero hubo un elefante, un nuevo elefante, hijode un elefante anterior, que te nía una insaciable curiosidad por todas las cosas, lo que signifi ca que en todomomento estaba haciendo preguntas. Vivía en África ya todos molestaba con su insaciable curiosidad.



Preguntaba a su alta tía, el avestruz, por qué le crecían las plumasde la cola, y su alta tía lo apartaba con un golpe de su larga pata.Preguntaba a su otra tía, también alta, la jirafa, cómo le habíansalido las manchas en la piel, y su esbelta tía jirafa lo empujabacon su durísima pezuña.Pero el elefante seguía lleno de su insaciable curiosidad. Molestaba también con sus preguntas a su rechoncho tío el hipopótamo para saber por qué tenía los ojitos tan rojos, y su rechonchotío lo pateaba con su enorme pata. Y preguntaba igualmente asu peludo tío, el mandril, por qué eran tan ricos los melones, y supeludo tío mandril le daba un coscorrón con su mano peluda.Pero el elefante seguía lleno de su insaciable curiosidad. Hacíapreguntas de cuanto veía, oía, olía o tocaba.



Una espléndida mañana, al comienzo del verano, el hijo del elefante hizo una pregunta que hasta entonces no había formulado:–¿Qué come el cocodrilo?Su padre y su madre lo hicieron callar con un “¡Chist!”. Pero elelefante fue al encuentro del pájaro Kolokolo que estaba posadoen la rama de un espino.–Mi padre y mi madre me han castigado y también todosmis tíos –le dijo el elefante– por mi insaciable curiosidad.Pero, a pesar de todo, quisiera saber qué come el cocodrilo.




El pájaro Kolokolo le contestó con su voz quejumbrosa:–Vete a las orillas del gran río Limpopo, que tiene las aguasverdosas y grises y corre entre los altos árboles; allí lograrássaber lo que quieres.
A la mañana siguiente, el hijo del elefante tomó gran cantidadde melones para el viaje y se despidió de todos sus familiares.–Adiós –les dijo–. Me voy hacia el gran río Limpopo, quetiene las aguas verdosas y grises y corre entre los árboles,para ver qué come el cocodrilo.


Y luego se puso en marcha. Iba comiendo melones y, cuandocaía la cáscara, la dejaba en el camino. Has de saber, hijo mío,que hasta aquel día el curioso hijo del elefante jamás había vistoun cocodrilo y no sabía cómo eran.



Lo primero que encontró fue una serpiente boa de dos colores,enroscada en una rama.–Perdone usted –le dijo el elefante con muy buenosmodales–, ¿ha visto usted por estas regiones una cosa llamada cocodrilo?
A su vez, la serpiente boa de dos colores le preguntó:–¿Y qué querrás saber luego?–Perdone usted –le contestó el hijo del elefante–, ¿podráusted decirme qué come el cocodrilo?La serpiente boa de dos colores se desenroscó de la rama y ledio un empujón con la punta de su cola. Entonces, el elefanteretomó su marcha. Iba comiendo melones y, cuando se le caía lacáscara, la dejaba en el camino.


Por fin, tropezó con un tronco caído, junto a las aguas verdosas ygrises del río Limpopo. Pero aquello, hijo mío, no era ni más nimenos que el cocodrilo. Y el cocodrilo guiñó un ojo.–Perdone usted –le dijo el elefante con muy buenosmodales–, ¿ha visto usted por estas regiones una cosa llamada cocodrilo?El cocodrilo hizo un guiño con el otro ojo y levantó un poco lacola que tenía hundida en el barro. El hijo del elefante se echóhacia atrás rápidamente pues no quería que nadie volviera a golpearlo.




–Ven aquí, pequeñuelo –le dijo el cocodrilo–. ¿Por quépreguntas eso?–Perdone usted –le dijo el elefante con muy buenosmodales–, pero mi padre, mi madre, mis tías el avestruz yla jirafa, mis tíos el hipopótamo y el mandril, y también laserpiente boa de dos colores, me han pegado por mi insaciable curiosidad. Por eso, no quisiera recibir más golpes.–Ven aquí, pequeñuelo –le dijo el cocodrilo–, pues elcocodrilo soy yo.Empezó entonces a derramar lágrimas de cocodrilo para demostrar que era verdad lo que afirmaba.


El hijo del elefante se arrodilló en la orilla del río.–Usted es la persona a quien he estado buscando durantetantos días –le dijo–. ¿Quiere usted decirme qué es lo quecome?–Acércate un poco más, pequeñuelo –insistió el cocodrilo–, y te lo diré al oído.El hijo del elefante puso la cabeza junto a la boca colmilluda delcocodrilo y el cocodrilo lo agarró por la naricita que, hasta aqueldía, tenía el tamaño de una bota.–Creo –dijo el cocodrilo (y lo dijo entre dientes)–, creo queempezaré tragándome… ¡al hijo del elefante!



El hijo del elefante le dijo (con la nariz tapada):–¡Suélteme que me lastima!La serpiente boa de dos colores se deslizó hacia la orilla del río.–Amiguito –dijo–, si no tiras hacia atrás enseguida, contodas tus fuerzas, creo que esa bestia que acabas de conocer te llevará de un tirón antes de que puedas decir ¡ay!Entonces, el hijo del elefante afirmó en el suelo sus pequeñasposaderas y tiró y tiró y volvió a tirar con toda su alma, hasta quesu nariz empezó a alargarse. Y el cocodrilo daba coletazos en elagua haciendo espuma, y seguía tirando y tirando.



La nariz del hijo del elefante siguió alargándose más y más; elpequeño ponía muy tiesas sus cuatro patas y tiraba y tiraba.La serpiente boa de dos colores llegó hasta el agua, se enroscócon doble vuelta en las patas de atrás del elefantito, diciendo:–Caminante curioso e inexperto, vamos a ayudarteun poquito…



Tiró, pues, ella también y, al fin, el cocodrilo soltó la nariz delelefante con un “¡chap!” que se oyó desde muy lejos. El hijo delelefante tuvo buen cuidado de dar las gracias a la serpiente boade dos colores e, inmediatamente, envolvió su nariz en cáscarasde banana y la sumergió en las aguas verdosas, grises y frescasdel río Limpopo. Pero la nariz no se le acortó ni un poquito.–¡Ya verás que te conviene! –dijo la serpienteboa de dos colores.



En ese momento, una mosca se posó en el lomo del elefantito y,casi sin darse cuenta, levantó la trompa y espantó a la mosca.–¡Primera ventaja! –comentó la serpiente boa dedos colores.El hijo del elefante sintió hambre. Alargó la trompa y agarró unbuen manojo de hierbas, lo sacudió para quitarle el polvo y se lollevó a la boca.–¡Ventaja número dos! –exclamó la serpiente boa dedos colores.
–Así es –dijo el elefantito.Y como tenía calor, sin pensar lo que hacía, sorbió una buenacantidad de barro de la orilla del río Limpopo, de aguas verdosasy grises, y lo derramó sobre su cabeza, donde el barro formó unfresco sombrerito que le hacía cosquillas en las orejas.–¡Ventaja número tres! –dijo la boa.–Bueno –dijo el elefante–, ahora me vuelvo a casita.



Y regresó a su lugar balanceando continuamente la trompa.Cuando quería comer alguna fruta, la arrancaba del árbol en vezde esperar a que se cayera, como antes. Además, en los momentosen que se sentía muy solo, cantaba con su trompa y metía un ruidoque se escuchaba por las grandes llanuras de África. Durantetodo el viaje se dedicó a recoger todas las cáscaras de melón queél mismo había tirado, porque era un paquidermo muy limpito.Cierto atardecer llegó a su casita, curvó la trompa hacia arribay dijo:–¿Cómo están todos?


Se alegraron mucho al verlo, pero dijeron enseguida:–Mereces un castigo por irte tan lejos y por lo que hashecho con tu nariz.–¡No!, –exclamó el elefantito y, alargando la trompa, con unpar de empujones dejó tendidos a varios de sus hermanos.



Después de unos días, los otros elefantes descubrieron que latrompa resultaba muy útil y uno tras otro, a buen paso, marcharon hacia las orillas del río Limpopo, de aguas verdosas ygrises, que corren entre los árboles. Cuando regresaron, ya nadiese dedicó a golpear ni a empujar. Y desde aquel día, hijo mío,todos los elefantes –los que verás en tu vida y los que no podrásver– tienen una trompa exactamente igual a la de aquel elefantito insaciablemente curioso.

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