Cuento: Aladino y la lampara maravillosa

Aladino y la lámpara maravillosa - Arabe - - Cuento de hadas, literatura infantil -
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Aladino era un joven pobre y algo holgazán: prefería pasar sus días divirtiéndose con amigos y tomando el sol, en lugar de buscarse un trabajo para ayudar a su madre que había quedado viuda hace tiempo.

Un día llegó a su pueblo un misterioso mago, que se presentó en casa de Aladino asegurando que era su tío, hermano de su difunto padre. A pesar de que ni la madre ni el joven sabían nada sobre su existencia, el astuto mago logró ganarse la confianza de la madre de Aladino, convenciéndola para que le permitiera llevarse al chico para enseñarle un oficio.


Un buen día, el mago le pidió a Aladino que lo acompañara fuera de la ciudad; cuando estuvieron en medio del desierto, el mago encendió un fuego, echó por encima unos polvos con un olor extraño y profirió palabras incomprensibles: la tierra se abrió de repente y apareció una gran roca cuadrada, con un anillo de bronce en el centro.

Aladino quiso escaparse, pero el mago lo detuvo con la fuerza y le dijo:

– Debajo de esta piedra se esconde un tesoro magnífico… solo una persona de corazón puro podrá hacerse con él, y tú Aladino, eres un joven bueno

Sin poder creer lo que estaba sucediendo, Aladino cogió el anillo de bronce y levantó la roca sin ningún esfuerzo; debajo pudo ver una larga escalera que conducía hacia la profundidad de la tierra. El mago le explicó:

– Cuando bajes las escaleras verás a tu alrededor relucientes tesoros de oro y plata, ¡pero no los toques! O caerás al instante fulminado. Sigue caminando y llegarás a un jardín mágico, en donde podrás recoger los frutos extraordinarios de sus árboles. Después del jardín -siguió el mago- llegarás a una terraza donde encontrarás una lámpara de aceite encendida; apágala, tira el aceite, escóndela entre tus ropas y tráemela.


Aladino se dispuso a bajar, y su falso tío le entregó un anillo embrujado, diciéndole que le protegería.

El joven bajó las escaleras, atravesó las salas repletas de tesoros sin tocar nada, y llegó al jardín. Los extraordinarios frutos eran piedras preciosas, pero a Aladino le parecieron solo cristales de margin-top: 30px; margin-bottom: 1.5em; padding: 0px; ">Regresó a las escaleras, pero el peso de las joyas que había recogido en el jardín le impedían de trepar los últimos escalones, que eran muy altos. Entonces pidió ayuda al mago, que le dijo que primero le entregara la lámpara. Aladino desconfió, sospechando que el mago, una vez que tuviera la lámpara en su poder, lo dejaría ahí dentro.

– ¡Entrégame la lámpara y te ayudaré a subir! -gritaba el mago– ¡Ayúdame a subir y te daré la lámpara! -respondía Aladino

La discusión siguió hasta que el mago, enfurecido, pronunció una fórmula mágica y la roca volvió a su sitio, dejando atrapado a Aladino bajo tierra.

Después de pasar dos días encerrado, Aladino, desesperado, sin querer refregó entre sus manos el anillo que le había dado el mago. Ante su asombro, de él salió un Genio, que le explicó que era su amo porque llevaba el anillo al dedo, y que podía pedirle lo que deseara. El joven le pidió que lo sacara de la cueva, y al instante se encontró al aire libre.

Aladino corrió hacia su casa, y después de contarle todo a su madre, le pidió algo de comer. La madre le explicó entristecida que no había comida ni dinero para comprarla; entonces Aladino se acordó de la lámpara, y se le ocurrió venderla en el mercado. Pero antes pensó que ganarían más dinero si la limpiaba, y con un paño comenzó a lustrarla. Entonces, del pico de la lámpara, salió otro Genio que repitió las mismas palabras de la anterior:


–Soy el Genio de la lámpara y tú, que eres su dueño, eres ahora mi amo. Pídeme lo que quieras y cumpliré tus deseos.

Aladino, sin pensarlo dos veces, le pidió al Genio mucha comida. Ante sus ojos aparecieron platos de plata y oro repletos de exquisitos manjares. Aladino y su madre comieron felices hasta saciarse.

Desde aquel día, gracias a la ayuda del Genio, el joven y su madre llevaron una vida próspera; pero Aladino no perdió la cabeza y se comportó responsablemente: abrió una tienda de telas, trabajaba y vivía con discreción, sin llamar la atención para que nadie descubriera el poder de su lámpara maravillosa.

La vida transcurría tranquila, hasta que un día, mientras estaba en su tienda, Aladino vio pasar un grupo de personas ricamente vestidas: era la hija del soberano, la princesa Badrulbudur, con su séquito. La princesa llevaba el rostro cubierto por un velo, y Aladino sintió curiosidad. Los siguió sin ser visto, y al llegar a un arroyo, la princesa se quitó el velo para refrescarse: era tal su belleza que Aladino se enamoró al instante.

Regresó a su casa decidido a casarse con Badrulbudur; pidió a su madre que fuera al palacio a pedir la mano de la princesa al soberano, y le dió las piedras preciosas que había recogido en el jardín mágico, y que ahora comprendía, eran de gran valor.

La madre se presentó en el palacio, pidió audiencia con el soberano, y le dijo:

–Mi hijo Aladino os pide humildemente la mano de vuestra hermosa hija. Es un potente comerciante, y como prueba de su posición os envía este regalo -dijo mostrando las piedras preciosas.


El soberano, sorprendido, pidió consejo a su Primer Ministro, que después de pensarlo le respondió:

–Este Aladino no es un príncipe ni un noble, no podéis dar la mano de la princesa a alguien que no sea de vuestro rango. Sin embargo, parece un hombre potente, es mejor no tenerlo como enemigo. Pierde tiempo pidiéndole algo imposible de realizar.

Entonces el soberano, siguiendo el consejo de su primer ministro, le respondió a la madre de Aladino:

–Dile a tu hijo que la princesa será su esposa si antes de que se cumplan tres meses, se presenta en el palacio con una dote de 40 cofres de oro macizo, llenos de piedras preciosas como las que me has traido hoy.

La madre volvió a casa y le contó a Aladino cuáles eran las condiciones del soberano. Pero Aladino no quería que Badrulbudur fuera obligada a casarse con él. Estaba seguro que cuando le conociera, ella también se enamoraría. Así que pidió al Genio que cada noche la llevara, con su cama y todo, hasta su casa. Una vez que el Genio posó el lecho con Badrulbudur, Aladino le explicó quien era y se recostó en el suelo a dormir junto a ella, para demostrarle sus buenas intenciones. Al amanecer, el Genio llevaba a la princesa de nuevo al palacio. Así pasaron varias noches, hasta que Badrulbudur, conmovida por la humildad y el respetuoso amor que Aladino le demostraba, aceptó su propuesta de matrimonio.

Con la ayuda del Genio, Aladino se presentó en el palacio ricamente vestido, con los 40 cofres de oro y piedras preciosas. El soberano entonces cumplió su promesa, y aprobó la boda.

Aladino le pidió al Genio que construyera un palacio maravilloso para vivir con su futura esposa. Los jóvenes se casaron, y pasaron algunos años de gran felicidad.

Pero cuando todo parecía perfecto, sucedió que el mago, que había regresado a las lejanas tierras de donde provenía, a través de un rito mágico pudo descubrir que Aladino no había muerto en la cueva, todo lo contrario: era un hombre exitoso y se había casado con una princesa. El malvado mago comprendió que todo esto solo podía ser obra del Genio de la lámpara.

Deseando venganza,  se dirigió hacia la ciudad de Aladino. Aprovechando la ausencia del joven, el mago se fue al palacio haciéndose pasar por un vendedor ambulante, que buscaba viejas lámparas de aceite para comprar. Uno de los servidores del palacio, recordando una vieja lámpara que había visto en un armario y sin saber que se trataba de un objeto prodigioso, la cogió y la vendió al mago.

Apenas tuvo la lámpara en su poder, el mago le ordenó al Genio que llevara el palacio entero, con todo y todos los que estaban en su interior, a su lejano país. Cuando Aladino supo lo sucedido se desesperó; ¡su amada esposa estaba en manos de ese malvado! Pero entonces recordó el anillo mágico que le había dado el mago aquel día en la cueva; lo había olvidado por completo y estaba guardado en un cofre con otras joyas.

Corrió a buscarlo y de inmediato lo restregó: el Genio surgió del anillo y Aladino le pidió que anulara el hechizo del mago. Pero el Genio del anillo no podía eliminar un hechizo hecho por otro Genio: entonces el joven le pidió que lo llevara donde estaba su esposa.

De inmediato se encontró en las puertas de su palacio. Logró entrar a escondidas y encontrar a Badrulbudur; ésta le contó que el mago quería que se casara con él; entonces a Aladino se le ocurrió un plan:

–Dile que esta noche quieres cenar con él

Aladino consiguió un potente somnífero, y lo entregó a la princesa para que lo pusiera en el vaso del mago sin que éste la viera. El mago bebió contento su vino, y poco después cayó dormido. Entonces Aladino y la princesa buscaron la lámpara por todo el palacio, y al encontrarla le pidieron al Genio que encerrara al mago en una prisión de la que nunca pudiera escapar. Así lo hizo el Genio, y luego transportó a los jóvenes, con el palacio entero, de nuevo a su hogar.

Desde entonces Aladino y Badrulbudur vivieron felices; cuando llegó el momento de convertirse ellos mismos en los soberanos de aquellas tierras, fueron justos y generosos con su pueblo, siendo recordados para siempre por su bondad y su humildad.



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